Estaba en jutiapa, 12 de la tarde. El sol estaba fuertísimo que quemaba la parte del cuello. Caminando con la cabeza para abajo por mi maldita forma de ser introvertida, los adoquines olían a caliente y el ambiente a leña, iba con mi abuelito, el me llevaba a sus lugares más rudos. Me demostraba su hombría, tal vez inconscientemente quería que fuera como él. Me llevó al pueblo con la promesa de llevarme al río a cazar tepocates, y yo, recordando los buenos momentos con mis primos en el río, cedí sin dudarlo. Ese día en el río íbamos todos los patojos, muy emocionados, algo nuevo y emocionante, llevábamos ingenuamente frascos grandes de café incasa, en dónde mi abuelita había echado vinagre, chile y aceite en algún momento. El caudal del río era bajo, el montón de piedras redondas y la tierra suavecita abundaba. Mi abuelito con sus tragos pero con la convicción de hacernos conocer algo nuevo, el río y el olor a masculinidad. Sin saber muy bien cómo ser abuelo, nos invitaba a agarrar tepocates sin la conciencia del dolor que pudieran sentir, sólo agarrarlos como trofeos. Habíamos tenido éxito en cazar nuestro alimento, nos habíamos vuelto hombres. Habíamos demostrado tener el valor de someter un ser vivo para satisfacer nuestras necesidades, sea de alimento o simple ego.
Al regreso con la satisfacción de haberlo echo por nosotros mismo íbamos con la barbilla para arriba, como presumiendo nuestra caza, hacia la abuela para recibir su bendición.
En la casa, revisando nuestro botín, nos percatamos en un instante que todo lo que venía vivo en los frascos había muerto. Qué pudo haber pasado?, siendo niños y sin nunca haber sentido lo que sucede al tener un animal muerto, tratando de asimilar lo que estaba pasando. – Tal vez traíamos un pescado que se comió a todos – supusimos, había que encontrarle sentido a la situación. – Tal vez estaban muy chiquitos y se murieron en el camino – dijo Alan el más chiquito y fuera de onda. La verdad era que el traste estaba saturado de capsaicina, la encima que expulsa el chile chiltepe, una encima que causa irritación en los mamíferos y anfibios, que a los humanos nos causa picor o picante, otra forma de expresar masculinidad en esta sociedad. El frasco había envenenado a nuestras presas y murieron en cuestión de minutos sin piedad mientras nosotros veníamos caminando y celebrando nuestra pesca. El día terminó sin nosotros sentirnos totalmente satisfechos pero que chingados éramos niños y la vida de los animalitos no fue algo importante en la moraleja, solo la dinámica social de demostrar nuestra masculinidad.